sábado, 3 de julio de 2010

Igualdad…

Un término muy usado en nuestros días, el deseo de unos cuantos y el proyecto de unos pocos.

Lo primero que me viene a la cabeza es el concepto masónico “Libertad, igualdad y fraternidad”, vigente desde antes de la Revolución Francesa.

Como consecuencia de los hechos acontecidos, al pasar de la Monarquía a la República, se pone en consideración la compatibilidad de dichos términos, observándose que a mayor libertad, la sociedad gana en complejidad, se multiplican las instituciones, se diversifica el saber, se amplía el abanico de oportunidades, y en razón de la autonomía de los individuos, ellos incrementan sus diferencias. Resultan así nuevas y disímiles posibilidades, generándose una mayor diversidad que enriquece al sistema.

De allí la existencia de una relación causal entre libertad y desigualdad, desigualdad que empieza destacando diferencias, pero que luego polariza la sociedad.

Esas diferencias surgen por conocimientos, aptitudes y actitudes muy dispares entre quienes protagonizan la historia. Todo lo relacionado con educación y cultura, en conjunción directa con lo genético. Nature y nurture.

No puede pensarse la Igualdad de todos los individuos, es inconcebible, no hay modo de lograrla. Por lo tanto, cabe preguntarse a qué nos referimos al hablar de Igualdad dentro de un sistema democrático.

Debemos pensar en Igualdad de oportunidades, oportunidad de alimentarse sanamente, de realizar actividad física, de contar con un sistema de salud, con acceso a la educación en todos sus niveles. Oportunidad de trabajar, de generar, de crecer. Oportunidad de recrearse y recibir atención especial, niños y ancianos. Entre otras tantas, que pueden considerarse derechos individuales.

El Estado debe garantizar esta Igualdad de oportunidades, de la cual, y en relación a sus rasgos personales, cada uno sacará provecho de acuerdo a su interés, capacidad, voluntad y motivación.

De este modo, contamos con un nivel de Igualdad que no se opone a la diversidad que tanto enriquece, ni a la libertad, que le es propia a cada individuo para la toma de decisiones.

El Estado, en este rol, se ocupa de la fraternidad, por expresarlo de algún modo, a través de sus leyes de seguridad social, de sus políticas redistributivas, permitiendo la recuperación de la vida espiritual y el protagonismo perdido de la educación y la cultura.

Sólo así pueden cumplirse los objetivos de Nuestra Constitución Nacional, puestos de manifiesto en su Preámbulo:

…“con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad”…

No hay comentarios:

Publicar un comentario